Poner límites es una habilidad esencial para el bienestar emocional y las relaciones saludables. Sin embargo, muchas personas encuentran extremadamente difícil decir “no” o establecer barreras en sus vínculos personales y profesionales. Una de las razones más profundas detrás de esta dificultad se encuentra en la infancia, especialmente en la manera en que nuestros cuidadores respondieron cuando intentamos marcar límites por primera vez.
La infancia y el aprendizaje de los límites:
Desde pequeños, aprendemos sobre el mundo a través de nuestras interacciones con los cuidadores. Cuando un niño expresa un límite —como rechazar un abrazo, pedir espacio o decir “no” a algo que no le gusta—, la reacción de los adultos es clave en la construcción de su autoestima y autonomía (Gabor, 2019).
Algunas respuestas comunes que pueden afectar la capacidad de establecer límites en la adultez incluyen:
1. Minimización de las necesidades
Frases como “No exageres”, “Eso no es para tanto” o “No seas tan sensible” enseñan al niño que sus emociones y necesidades no son válidas. Con el tiempo, aprende a ignorar sus propios límites y priorizar los de los demás (Mate, 2021).
2. Rechazo o castigo al establecer un límite
Si un niño recibe indiferencia, enojo o castigo por intentar poner un límite, aprende que hacerlo tiene consecuencias negativas. Esto puede generar un miedo inconsciente al rechazo en la adultez, lo que dificulta decir “no” en relaciones personales y laborales (Van der Kolk, 2014).
3. Exigencia de complacencia constante
Cuando se enseña a los niños que deben ser siempre “buenos”, “educados” o que su valor depende de satisfacer a los demás, crecen con la creencia de que poner límites es egoísta. Esto los lleva a priorizar las necesidades ajenas sobre las propias (Neff, 2011).
Cómo empezar a poner límites sin culpa:
Si creciste en un entorno donde poner límites no era aceptado, es normal que ahora te cueste hacerlo. Sin embargo, esta habilidad se puede reaprender con autoconciencia y práctica. Algunas estrategias incluyen:
Reconocer que tus necesidades son válidas. No necesitas justificarte por cuidar de ti mismo.
Aceptar el malestar inicial. Al principio, poner límites puede generar culpa o incomodidad, pero con el tiempo se vuelve más fácil.
Practicar respuestas asertivas. Frases como “No me siento cómodo con esto” o “En este momento no puedo ayudarte” son formas saludables de marcar límites.
Poner límites no es egoísmo, es autocuidado. Aprender a hacerlo te permitirá construir relaciones más sanas y respetuosas.
Referencias bibliográficas:
Gabor, M. (2019). Cuando el cuerpo dice no: La conexión entre el estrés y la enfermedad. Ediciones Urano.
Mate, G. (2021). El mito de la normalidad: Trauma, enfermedad y sanación en una cultura tóxica. Penguin Random House.
Neff, K. (2011). Self-compassion: The proven power of being kind to yourself. HarperCollins.
Van der Kolk, B. (2014). El cuerpo lleva la cuenta: Cerebro, mente y cuerpo en la superación del trauma. Penguin Random House.

